Tiempo de silencio

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Crítica. Opinión

Tengo que empezar esta reseña comentando que puedo calificarme orgullosamente como lector. Como lector veterano, incluso. Llevo toda la vida leyendo, creo que una media de cuarenta o cincuenta libros al año. He leído clásicos e incunables, novelas generalistas e incontables libros menores. Libros sencillos y libros complejos. Leo contemporánea, histórica, de aventuras, bélica, nature writing, dramas rurales, divulgación y ensayos sobre diversos temas. Termino un libro y empiezo otro. Entro en una librería y me olvido de comer. Siempre llevo un libro encima. Me gustan los libros exigentes, que requieren madurez y experiencia como lector. Puedo presumir de tener una buena biblioteca. Creo que la literatura no es únicamente entretenimiento, sino que todo buen libro, todo buen autor, busca su propia reflexión acerca de la condición humana: por eso un libro es cultura, algo más que un simple medio de expresión.

Sólo había dejado a medias un libro en toda mi vida como lector. Hoy he dejado el segundo, que ha sido Tiempo de silencio (1961), de Luis Martín-Santos, considerado como una de las novelas más importantes de la literatura española del siglo XX y una obra maestra contemporánea de gran resonancia crítica. El rasgo principal por el que críticas y reseñas ensalzan esta obra no es por su trama sino por su estilo, su esfuerzo por alcanzar una “renovación estilística” frente al costumbrismo imperante. El libro -hasta donde he llegado- es sin duda un espectáculo creativo, un despliegue de recursos como aliteraciones, subordinaciones o polisíndeton y demuestra un magistral, envidiable dominio del vocabulario castellano.

Pero no, no funciona. Creo que Tiempo de silencio, si bien en lo creativo es una obra incomparable, como libro no es un placer sino un castigo. Está claro que es un libro exigente, no puedes ser un lector pasivo, pero en mi opinión no es que sea difícil de leer: su problema radica en que tenemos una trama que no dice nada, no atrapa, no interesa, no intriga, expuesta mediante una excesiva y caótica complejidad del lenguaje. Esa “renovación estilística” resulta ser, en la práctica, tan innecesaria y cansina que consigue que la lectura no sea lectura sino un esfuerzo aburrido que no lleva a ninguna parte. Lo digo como lector y como escritor. Una historia tan plana no puede sostener una novela experimental.

El hecho de ser exigente no hace bueno a un libro. Conseguir que un párrafo pase de ser una agradable obra de arte o un sencillo elemento descriptivo a ser un embrollo ilegible no está justificado. Alegorías y metáforas deben ser un medio, no un fin, y quizás ese es el principal fallo de Tiempo de silencio: no es una historia sino una excusa creativa. Sé que estoy blasfemando, pero ya está bien de que libros intragables dominen el panorama literario. Basta de académicos que nos dicen qué debe leer un lector maduro. Basta de no atreverse a decir oiga, ésto es infumable, una penitencia. Y basta de que te consideren mal lector por no gustarte cualquier tostón clásico. Tiempo de silencio es uno de esos libros excesivos, mitificados, recomendados hasta la saciedad y elevados a las alturas por críticos y lectores que, estoy convencido, realmente no han entendido ni papa.

Años lentos (Fernando Aramburu)

Años lentos

Con toda seguridad, lo más rápido y eficaz para comprender situaciones actuales sea acercarse a ellas a través del ensayo o la opinión autorizada; sin embargo, siempre he preferido forjar mi propio punto de vista de las cosas a través de la génesis histórica: esos cómo y porqué hemos llegado a tal o cual punto-. A pesar de que siempre me ha interesado el llamado “conflicto vasco”, tengo que reconocer que para poder entenderlo siempre he tirado por libros de historia contemporánea, y nunca por otros géneros dentro de la abundante bibliografía sobre este drama.

Años lentos ha sido la primera novela que leo sobre la historia reciente del País Vasco. En ella, Fernando Aramburu narra la vida diaria, en los años sesenta, de una familia de San Sebastián, una familia normal o paradigmática como puede serlo cualquiera en cualquier lugar, sumida en las miserias inherentes a la condición humana en sociedad: un marido calzonazos, una joven dispersa, una infidelidad o la vida lúgubre, rutinaria e improductiva en un barrio obrero. Todo ello ocupa el mismo espacio narrativo que el que podría considerarse como hilo argumental clave: uno de los hijos de la familia acaba enrolándose en ETA. Unos años clave, en que ese nacionalismo que envenena las sociedades evolucionó hacia el independentismo y derivó en los primeros asesinatos.

Se trata de un libro sencillo y nítido, fácil de leer, que no deja de presentar alguna situación cómica y que no profundiza -mejor dicho, no se recrea- en la crueldad y sinrazón que traería el terrorismo etarra. Te deja la sensación de que la llegada de esa época oscura es un proceso social, inevitable, pero sobre todo absurdo. Admiro sinceramente a esos escritores capaces de enviar mensajes o describir realidades como el nacionalismo o terrorismo con asepsia y objetividad, una innegable elegancia, muy difícil de lograr con la pluma y siempre en el género digerible de la novela.