Un cielo difícilmente azul (Alfonso Grosso)

Opiniones de “Un cielo difícilmente azul” / Drama rural / Novela

El drama rural es uno de mis géneros predilectos, hasta el punto de que yo mismo he publicado una novela en esta línea (La sierra distante, Letrame 2018). Siempre lo busco en las librerías. A mi juicio, lo más característico de los dramas rurales no es que la acción se desarrolle en el campo, en pueblos o regiones despobladas, sino que los autores optan por mostrar de una manera descarnada las miserias humanas, anhelos secretos, pasiones primarias, reacciones violentas o vehementes que, en nuestros tiempos y en nuestras vidas urbanas, nos pueden parecer difíciles de creer; todo ello en el escenario fascinante de la España de antes.

Un cielo difícilmente azul (1961), de Alfonso Grosso, es un perfecto exponente de este género tan apasionante como poco apreciado. Lo compré por tres euros en el kiosko de la Plaza de Santa Bárbara, junto al metro de Alonso Martínez, atraído inicialmente por su sencilla y bella portada, suave, y sus páginas amarillas impresas en 1972: ¡cincuenta años ya! ¿Cómo no iba a llevármelo por tres euros? Investigando más tarde, resulta que se trata de una de esas joyas casi inencontrables, de las que apenas existen críticas u opiniones.

La historia, ambientada en los años sesenta, nos lleva de la mano de unos camioneros a una zona remota del norte de Cáceres, donde las pasiones entre los aldeanos están a flor de piel. El libro, maravillosamente escrito, es delicioso: conocemos el interior de una casa-cuartel de la Guardia Civil de entonces, asistimos a chanzas en las tabernas, se nos describen diversos oficios y hacemos un breve pero bizarro viaje a las alquerías de Las Hurdes -cuando aún eran tales-, hasta llegar a la culminación del drama que guía la novela. El final, triste y duro, queda abierto: lo que termina ocurriendo a cada personaje queda en el aire, genialmente a juicio del lector.

Un cielo difícilmente azul no puede faltar en una biblioteca donde ya se encuentren La familia de Pascual Duarte, Los santos inocentes, Las ratas, El cacique, Intemperie o La aldea perdida.

Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque)

Opinión de Sin novedad en el frente / E.M. Remarque / Crítica

El hombre tiende a categorizarlo todo. Todas las causas, todas las creencias, ideas y opiniones han sido siempre empleadas para etiquetar a las personas y para distanciarlas más allá de lo natural. El antibelicismo ha sido una de esas ideas peregrinas -por lo utópico- que desde siempre han sido manipulados por la propaganda política. Sin bien en nuestros días, al menos en los países occidentales, vivimos en gran medida sin la influencia del estamento militar y vemos las guerras como algo distante en el tiempo y el espacio, no siempre ha sido así. Hasta ayer mismo, la guerra ha sido una circunstancia constante y dramática en todas las sociedades.

Sin novedad en el frente es un clásico que anula por completo la concepción romántica de la guerra a través de las vivencias de un soldado alemán durante la Primera Guerra Mundial. Se trata de una lectura triste y desgarradora, donde el combate no tiene nada de emocionante o heroico. No debemos olvidar que su dureza radica en que se trata de un testimonio. Sin recrearse en escenas truculentas, E.M. Remarque describe con frialdad las heridas y los cadáveres, la realidad terrorífica de las armas -gases, metralla, lanzallamas, artillería-, la destrucción psicológica de los jóvenes y la inutilidad del sacrificio de cientos de millones de vidas.

He releído recientemente este libro recordando el profundo impacto que me causó su primera lectura. Entre otras cosas, te abre las ojos ante la suerte que tienen nuestras generaciones por haber vivido en esta época. Dentro de mi biblioteca “bélica” ocupa un puesto de honor junto a Diario de un marine, Senderos de gloria o Tempestades de acero. Creo que nadie que se considere pacifista o antibelicista puede hacerlo con autoridad sin haber leído obras como Sin novedad en el frente, de la misma manera que nadie que guste del tema bélico puede tener una concepción clara de lo que es la guerra sin este libro.

Memorias de un viejo octogenario (Antonio Florido)

Memorias de un viejo octogenario / Opinión / Crítica / Libros Mablaz

El mundo editorial es difícil. Hay quien dice que todo lo que gira en torno a él tiene más que ver con los contactos y el dinero que con el verdadero talento. El mercado está saturado y para cientos de buenos autores resulta imposible dar a conocer su trabajo. Genialidad que se pierde por el camino. Muchos buenos escritores no tienen más remedio que optar por la autoedición y sacar tiradas mínimas de su trabajo. Si bien en este modesto mercado existe, al igual que en las grandes editoriales, mucha vaciedad y muchos libros sin contenido, no es difícil atrapar pequeñas joyas. Me ocurrió al adquirir Memorias de un viejo octogenario, de Antonio Florido.

Esta novela corta cuenta, con crudeza y sencillez, la historia de Germán, un anciano al final de su vida. El autor nos lleva a una residencia de ancianos y después al hogar del hijo del viejo, donde el hombre se sabe un elemento incómodo: lo que ocurre alguna vez en todas las familias, de lo que nadie quiere hablar. La tristeza de la ancianidad es algo que la mayoría vemos como algo lejano, pero que en este libro nos lo encontramos de frente. La historia está tan perfectamente contada y los sentimientos expuestos con una elegancia tan magnífica que, sin duda, no puedo calificar este libro más que como una pequeña obra de arte, transparente y directa.

Hay una distancia enorme entre la profundidad del texto de Antonio Florido y esos libros tan vendidos rollo Albert Espinosa. Si Memorias de un viejo octogenario hubiese sido escrito por algún escritor reconocido o difundido por una editorial de peso, sin duda nos encontraríamos ante un best-seller que motivaría decenas de artículos en prensa y debates en radio y televisión. Un libro que merece ser leído.

La metamorfosis (F. Kafka)

La Metamorfosis (Franz Kafka). Plutón Ediciones / Opinión / Crítica

La obra más conocida de Kafka, publicada en 1916, ofrece algo que no todos los libros hacen: no quiere contar algo por sí mismo, la propia historia es lo de menos, sino que es el lector quien tiene la responsabilidad de interpretar lo que en él se cuenta. Creo que La metamorfosis es una alegoría sobre la dejación personal, el individuo que se deja caer o que es reducido a la indiferencia por su contexto social; por ejemplo, seguramente todos hemos visto o vivido cómo unos lazos sociales que se refuerzan dejan de lado a una tercera persona: esa es una de las lecturas de este libro.

La metamorfosis se fundamenta en la repentina transformación de Gregorio Samsa, un joven viaje de comercio, que un día amanece convertido en una especie de escarabajo. Kafka no pretende explicar cómo ni porqué se produce este drama surrealista (no es ciencia-ficción), sino que opta por desarrollar la lastimosa indiferencia del protagonista ante su propia situación -me ha recordado a la percepción de si mismo que debe tener un animal maltratado-. Las reacciones que la metamorfosis provoca en Gregorio y en su familia son el fundamento de todas las lecturas que pueden hacerse de este libro.

Se trata de una breve obra metafórica con un potente trasfondo, una crítica social e incluso comportamental, de fácil lectura, que pone en el mismo plano rasgos humanos como la incomprensión, solidaridad y el desprecio. En La metamorfosis, el argumento es sólo una herramienta para desarrollar una reflexión que, supongo, atormentaría al autor. Y realmente, ¿no radica en eso la genialidad?

El tesoro de Sierra Madre (B. Traven)

El tesoro de Sierra Madre, de B. Traven (seudónimo Otto Feige), edición de Planeta en “Biblioteca Mundial de las grandes aventuras” (1981) / Opiniones

Como la mayor parte de los libros que leo, pesqué El tesoro de sierra madre en una librería de segunda mano, buscando libros amenos con algo de aventura y épica para acompañarme en viajes o salidas al campo. Soy un amante de la literatura americana sobre el Oeste y todo lo relacionado con ello, desde la etnografía de los indios hasta los conflictos fronterizos entre las repúblicas vecinas. Hojeando la obra, parecía tener justo lo que buscaba: una romántica y áspera ambientación en México durante principios de siglo, tipos solitarios en permanente búsqueda, algunos bandidos y dos o tres disparos. Así que al morral.

El estilo narrativo de El tesoro de Sierra Madre es algo oscilante: mientras que el autor se pierde durante varias páginas en, por ejemplo, la descripción de un hotel rural, lo cual es un ejercicio prescindible pero que es todo un placer para aquellos que amamos las buenas descripciones, resuelve en cambio algunas situaciones clave de la narración de forma súbita y sin considerar necesario dar explicaciones.

Uno de los mayores encantos de este libro es la maestría de Traven para ambientar el México desolado de la primera mitad del siglo XX, que no ha podido dejar de recordarme a las obras de Cormac McCarthy y su Trilogía de la frontera. Aquí también se devoran páginas y páginas de tipos desharrapados recorriendo a caballo caminos polvorientos y aldeas de adobe, comiendo tortillas y frijoles y metiéndose en problemas con bandidos mestizos.

Para todos los amantes de este tipo de literatura, El tesoro de Sierra Madre, si bien no es una obra cumbre, es una lectura imprescindible, sobre todo agradable y amena, con un final sorprendente y una buena cantidad de mensajes humanos (avaricia, compañerismo, desconfianza…) que todos conocemos, pero que no está de más refrescarnos de vez en cuando. Para qué engañarnos: todo eso es justamente todo lo que debe tener un buen libro.

“Aquellos a quienes consideraban en otro tiempo como compañeros de clase, eran tenidos ya como enemigos contra quienes había que defenderse. Mientras nada habían poseído, habían sido esclavos de su estómago hambriento, esclavos de aquellos que tenían los medios para llenarles la barriga, pero todo eso había cambiado. Iniciaban la marcha que suelen emprender los hombres para convertirse en esclavos de sus propiedades”

Años lentos (Fernando Aramburu)

Años lentos

Con toda seguridad, lo más rápido y eficaz para comprender situaciones actuales sea acercarse a ellas a través del ensayo o la opinión autorizada; sin embargo, siempre he preferido forjar mi propio punto de vista de las cosas a través de la génesis histórica: esos cómo y porqué hemos llegado a tal o cual punto-. A pesar de que siempre me ha interesado el llamado “conflicto vasco”, tengo que reconocer que para poder entenderlo siempre he tirado por libros de historia contemporánea, y nunca por otros géneros dentro de la abundante bibliografía sobre este drama.

Años lentos ha sido la primera novela que leo sobre la historia reciente del País Vasco. En ella, Fernando Aramburu narra la vida diaria, en los años sesenta, de una familia de San Sebastián, una familia normal o paradigmática como puede serlo cualquiera en cualquier lugar, sumida en las miserias inherentes a la condición humana en sociedad: un marido calzonazos, una joven dispersa, una infidelidad o la vida lúgubre, rutinaria e improductiva en un barrio obrero. Todo ello ocupa el mismo espacio narrativo que el que podría considerarse como hilo argumental clave: uno de los hijos de la familia acaba enrolándose en ETA. Unos años clave, en que ese nacionalismo que envenena las sociedades evolucionó hacia el independentismo y derivó en los primeros asesinatos.

Se trata de un libro sencillo y nítido, fácil de leer, que no deja de presentar alguna situación cómica y que no profundiza -mejor dicho, no se recrea- en la crueldad y sinrazón que traería el terrorismo etarra. Te deja la sensación de que la llegada de esa época oscura es un proceso social, inevitable, pero sobre todo absurdo. Admiro sinceramente a esos escritores capaces de enviar mensajes o describir realidades como el nacionalismo o terrorismo con asepsia y objetividad, una innegable elegancia, muy difícil de lograr con la pluma y siempre en el género digerible de la novela.